No toda colaboración es ética. No toda comunidad cuida. No toda metodología alcanza.
- Alejandra Robledo Trujillo

- 12 may
- 2 min de lectura
Hay una conversación incómoda que necesitamos tener quienes trabajamos en redes, comunidades y metodologías colaborativas: No todo lo que se nombra como colaboración cuida.
A veces, bajo el lenguaje de la comunidad, se normaliza el trabajo no remunerado.
Bajo el lenguaje del cuidado, se evitan conversaciones difíciles. Bajo el lenguaje de la confianza, se deja de rendir cuentas. Bajo el lenguaje de la metodología, se pierde el sentido común. Bajo el lenguaje de lo colectivo, se borran nombres propios, autorías y trayectorias concretas.
Una red no es más colaborativa porque haga más reuniones o más círculos de palabra.
Una red es colaborativa cuando sus acuerdos son claros. Cuando el dinero se conversa con transparencia. Cuando el trabajo se reconoce. Cuando las decisiones no se concentran en pocas personas. Cuando las diferencias no se patologizan ni se espiritualizan. Cuando quien pregunta por roles, pagos o responsabilidades no es tratado como alguien que “no sabe colaborar” o como si fueran heridas personales que la otra persona debe sanar.

Las metodologías pueden ayudar mucho. Pero ninguna metodología reemplaza el sentido común, la ética, ni la responsabilidad.
Porque colaborar no es diluir responsabilidades. No es romantizar el trabajo no pago. No es pedir entrega infinita en nombre de una causa. No es evitar hablar de dinero para sostener una apariencia de armonía. Colaborar también implica poner sobre la mesa lo incómodo: quién decide, quién trabaja, quién cobra, quién paga, quién sostiene, quién aparece y quién queda invisible.
Cada vez me interesa menos la colaboración como discurso y más la colaboración como práctica concreta.
La que se puede verificar en cómo se reparte el trabajo. En cómo se distribuyen los recursos. En cómo se reconoce a las personas. En cómo se toman decisiones. En cómo se cuida lo que se dice en los espacios de cuidado.
Elijo formas de trabajo donde la colaboración no sea una promesa, sino una práctica clara, justa y responsable.
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