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La metodología no puede pesar más que el sentido común

  • Foto del escritor: Alejandra Robledo Trujillo
    Alejandra Robledo Trujillo
  • 28 may
  • 4 min de lectura

Las metodologías son necesarias. Nos ayudan a ordenar conversaciones, abrir preguntas, distribuir la palabra, visualizar acuerdos, construir confianza, tomar decisiones y convertir ideas dispersas en rutas posibles de acción.


Durante años he trabajado con metodologías colaborativas, pensamiento visual, diseño de conversaciones, gestión del conocimiento y tecnologías sociales para redes. Las uso, las diseño, las adapto, las combino y las enseño. Son parte central de mi oficio y de la forma como AleroVisual acompaña procesos colectivos.


Pero cada vez tengo más claro algo: la metodología no puede pesar más que el sentido común.


Una metodología puede abrir camino, pero no puede reemplazar la lectura del contexto. Puede ofrecer estructura, pero no puede imponerse por encima de lo que el grupo necesita. Puede ayudar a sostener una conversación, pero no debería volverse más importante que la conversación misma. Cuando una metodología se vuelve un dogma, deja de servir al proceso y empieza a encerrarlo.


Metodologías hay muchas


Hoy existen muchas formas de facilitar, diseñar y acompañar procesos colaborativos. Desde la facilitación participativa, el diseño centrado en las personas, el pensamiento sistémico, el Art of Hosting, el pensamiento visual, las metodologías ágiles, la sociocracia, la gestión del conocimiento, los laboratorios de innovación, las comunidades de práctica y en general, múltiples y diversas tecnologías sociales, que son lenguajes validados, iterados y desarrollados específicamente para trabajar con grupos, organizaciones, comunidades y redes.


Muchas de estas metodologías, además, se parecen. Comparten principios, movimientos y herramientas comunes: abrir una conversación, formular buenas preguntas, escuchar patrones, mapear relaciones, ordenar información, priorizar acciones, visualizar acuerdos, distribuir responsabilidades, cosechar aprendizajes y cerrar con compromisos.

Cambian los nombres, los formatos, los rituales y los marcos conceptuales, pero muchas veces están intentando resolver preguntas parecidas: cómo encontrarnos, cómo escucharnos, cómo tomar mejores decisiones, cómo comprender la complejidad, cómo pasar de la conversación a la acción y cómo sostener lo acordado en el tiempo.

Por eso, el valor no está en defender una metodología como si fuera un territorio completo. El valor está en saber cuándo usarla, cuándo adaptarla, cuándo combinarla y cuándo soltarla.



No sirve la metodología, si no hay sentido común


Una metodología no se vuelve problemática por existir. Se vuelve problemática cuando quienes la usan dejan de escuchar lo que está pasando. Como cuando el formato, la herramienta, el marco conceptual pesa más que la realidad del grupo. Cuando cumplir el paso a paso pesa más que cuidar el sentido del proceso o las necesidades de las personas.

A veces, en nombre de una metodología, se pierde algo muy básico: la capacidad de sentir, escuchar la intención, o ajustar el plan.


Hay momentos en que un grupo no necesita otra herramienta, sino una conversación honesta. Hay momentos en que una red no necesita más mapas, sino tomar una decisión pendiente. Hay momentos en que una comunidad no necesita más dinámicas, sino reconocer una tensión que lleva tiempo debajo de la mesa. Hay momentos en que un equipo no necesita una nueva matriz, sino recuperar confianza.


El sentido común también es una tecnología social.

Y tal vez una de las más necesarias.


Facilitar es leer el momento


Trabajar con metodologías colaborativas no es aplicar una receta. Es leer el momento.

Leer la energía del grupo. Leer los silencios. Leer quién está hablando y quién no. Leer qué conversación se está evitando. Leer qué información falta. Leer qué acuerdos previos siguen abiertos. Leer qué expectativas no se han nombrado. Leer cuándo una actividad ayuda y cuándo solo llena la agenda.


Una buena facilitación no se trata de demostrar que una metodología funciona. Se trata de crear condiciones para que un grupo pueda avanzar con más claridad, confianza y capacidad de acción.


Por eso, facilitar también implica tomar decisiones en tiempo real. Ajustar una pregunta. Cambiar el ritmo. Simplificar una actividad. Soltar una herramienta. Profundizar una conversación. Cerrar algo que se está alargando. Volver a lo esencial cuando el grupo se dispersa.


La metodología da estructura. El criterio le da sentido.


El proceso es más grande que la herramienta


Una herramienta metodológica puede servir para un momento específico, pero un proceso colaborativo es mucho más que una secuencia de actividades.


Un proceso tiene historia: personas, relaciones previas, tensiones acumuladas, aprendizajes, decisiones en curso, ritmos, cansancios, oportunidades y límites.


Por eso, ningún taller empieza de cero y ningún encuentro termina cuando se cierra la videollamada, se apaga el proyector o se recoge el papelógrafo.


Siempre hay hilos que vienen de antes y conexiones que se abren hacia el futuro. Tener sentido de proceso es poder ver esos hilos. Es reconocer qué conversaciones ya venían ocurriendo, qué acuerdos necesitan continuidad, qué aprendizajes deben ser integrados y qué decisiones requieren seguimiento. Ahí la gestión del conocimiento deja de ser un informe final y se convierte en una práctica viva: una forma de cuidar la memoria, la coherencia y el ritmo de la colaboración. *


Si tu organización, comunidad o red está por iniciar un proceso colaborativo —comunitario, regional, interinstitucional o multiactor— podemos ayudarte a diseñar una experiencia con sentido, cuidar la participación, visualizar lo importante y dejar memoria útil para seguir avanzando.


Hablemos para acompañar tu próximo proceso colaborativo.



*La próxima entrada la haremos sobre gestión de conocimiento y la importancia de no empezar reuniones con hojas en blanco.




 
 
 

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